La Muerte y el Titiritero.

La muerte es el último pasajero que baja de autobús todas las noches. Pocas personas, en verdad, reparan en esa figura marchita, algo gibada que camina, invariablemente sola, por las calles pocos transitadas. Por lo visto las luces y el bullicio de las avenidas comerciales parecen no atraerlo en especial, de modo que prefiere hacer su recorrido por calles laterales poco iluminadas.

Luego de terminar algunas diligencias de rutina, nuestro personaje se entrega al descanso en el banco de una plaza desierta, bajo un farol eléctrico.

Una vez más y  un  poco por no dejar  de hacerlo, va a revisar su lista y chequear el trabajo de la noche.

Nada especial, como de costumbre, trabajo de rutina, que a lo sumo le sirve para no estar ocioso y en la ociosidad enmohecerse y perderse en el más oscuro pesimismo : el gordo filatélico, demasiado pesado para llevarlo a cuestas y a quien tuvo que trasladar sin sus planchas dentales que quedaron abandonadas en un vaso; el General que lo hizo esperar una hora del más completo aburrimiento, mientras los veía quitarse sus arreos de gala- venía de una recepción en Palacio y tras el banquete, la apoplejía lo siguió hasta su cuarto- y especialmente las enormes polainas y los cincuentas broches del calzado, para no tener que llevárselo con las botas puestas; una vieja profesora de música, dos hermanos gemelos que padecían el mismo trastorno biliar y que en vida nunca se separaron … nada especial, en fin.

El gibado se olvida de su lista. La luz del farol le muestra unas manos marchitas, apagadas, lo que le hace pensar que lo mismo le debe estar pasando en su cara , sobre todo si se mira de perfil, huesuda y seca, y que el resto de su figura debe ofrecer esa misma apariencia melancólica

-Pero esto sería poco -se dice-  si encima no me aburriera tanto.

Devuelve la atención a su lista : un Ministro ( de seguro que muchos se lo agradecerán, después de todo), una monja a quien atropellara una bicicleta, una viuda rica, en fin… el titiritero. Las letras de ese nombre están casi borradas, pues debe haber pasado su dedo por allí cien mil veces ” Bueno podríamos insistir”, piensa y una chispa le salta en las pupilas ” por lo menos será divertido”.

Esta vez prescinde de las piernas que ha venido usando a diario por costumbre, por andar y ver y aburrirse menos ¡Puf!. sopla y está frente a la casa del titiritero.

Como ha debido suponerlo, en casa del titiritero se celebra una fiesta. La animación, el ruido llegan hasta la calle. Al asomarse discretamente por una ventana, se da cuenta de que casualmente esa noche el titiritero se casa por cuarta vez. Su nueva esposa es , como los anteriores, joven y bella. Los amigos beben y ríen y hablan a gritos, cada cosa en la misma proporción y ya han terminado con una gran fuente de empanadas.

– Lástima ser abstemio- piensa la muerte y se llega junto al oído del titiritero.

-¿Qué haces? – le pregunta

-¿No lo ves? Me caso. Un abogado amigo me arregló estos papeles.

La muerte echa un vistazo al certificado con muchos sellos y las firmas.

– ¡ Pero este es un matrimonio falso! – Grita

-¡Todos son falsos! Que lo digas tú …

Tampoco es cosa de interrumpir la fiesta,de modo que el recién llegado se sienta en el quicio de la puerta, dormita un poco, cabecea, ahuyenta a un perro que viene a olisquearlo; ve pasar a un anciano mendigo con su saco, le hace ¡fu! para asustarlo y el viejo echa a correr a todo lo que le dan sus piernas, y así hasta que van saliendo los invitados de dos en dos y abrazados, porque de otra manera no podrían tenerse en pie.

La figura marchita penetra en la casa con la intención de acabar su tarea. En ese momento, marido y mujer entran a la alcoba abrazados.

-Tengo que entrar ahora. Si espero un poco más pecaría de indiscreto.

Pero apenas traspasa la puerta, ve al titiritero en camisa que ha abierto su baúl y comienza a mostrar sus muñecos a la novia . Todos saludan, le bailan, le mueven la cabeza y le hacen reír divinamente. Por último ha sacado del fondo del baúl el más estrafalario de sus personajes, el cual representa la muerte

-Pillo- rezonga en silencio el modelo

-Lo quiero enormemente- dice el titiritero. Me ha acompañado a todas partes

-Pero es horrible -dice ella

-Por eso no ha podido actuar hasta ahora.

Ella insinúa

-No crees que entre los dos podríamos mejorarlo?

-¡Tú no te metas en esto! – Gruñe la muerte y como un silbido se mete en el cuerpo de la muchacha, adoptando en seguida aquel timbre de soprano.

-Me parece que tiene la nariz muy larga.

-¡Ujú!

-Esa expresión tan agria; me parece que no es para tanto ¿No?

¿Por qué de negro, además, siempre de negro?

-¿Qué te parecería … de rojo?

-¿De rojo, por supuesto, con una capa larga y botines de terciopelo! La guadaña que sea más larga y de plata

-La cabellera…

-Bueno… Tanto como la cabellera…

– Eso tendríamos que discutirlo. Si me das tiempo, te haría la muerte más hermosa que habrás visto.

-Pues si es sólo tiempo lo que necesitas, por mi …

el titiritero guarda su muerte en le cajón

-Querida – Dice – esta noche ocupémonos de ser felices. Lo otro, como verás, requiere tiempo.

La muerte ya hace rato que andaba lejos.

De Salvador Garmendia para Javier Villafañe.

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