Ánimas, aparecidos o simplemente advertencia

Era un mes de Enero.  Habían fiestas en un caserío que llaman Paso Pelao,  no conocía ese caserío, ni muchos menos el camino que me llevaría hasta allá, el Negro, mi cuñado, compañero de aventuras, a quien con los ojos cerrados le digo que si cuando me invita, pues nos vino a buscar, sé que lo que inventa casi siempre será un aprendizaje para mí, así que me preparo, meto abrigos, el agua para la niña, una cobija, porque en ese entonces estaba pequeña, y me dispongo a salir, no  sin antes leerles la cartilla, a Tom y a él, a la que nunca le paran, por cierto.

  • Vamos a ir , pero no beban mucho.
  • Andamos con niños, recuerden.
  • Regresamos temprano.

(Ellos risa y risa…)

  • Si Rosa,  seguro, nos portaremos bien vale, tenemos todo fríamente calculado.

(Sé que no), pero como me gusta conocer sitios y lugares, pues les sigo la corriente.

Nos viene a buscar en una camioneta, me monto adelante con la niña, todos los demás atrás, ya eran más de las 6 de la tarde ( pensaba que el sitio quedaba cerca)  llevo a Rose en mis piernas abrazada, al lado va mi cuñada con mi sobrino. Comenzamos el viaje, rumbo Ortiz.

Me le quedo mirando fijamente, como preguntándole ¿para dónde nos llevas?, me ve y me dice:

– Ya vas a ver para dónde vamos, allí hay joropo trancao, bailadera, cerveza, toros coleados, nos vamos a divertir Rosa, despreocúpate.

Le contesto: – No me gustan los toros coleados lo sabes, ni a Rose tampoco.

(Pero siempre doy el beneficio de la duda)

– Se van a divertir, lo sé, vamos para que conozcas, sé para dónde los llevo.

Me miró y sonrió, con esa sonrisa que tiene para hacerme sentir segura, entonces me acomodo y me propongo a pasarla bien.

Es que soy muy cambambera nosotros decimos “cambimbera”… (Me gusta estar en todo; no me quiero perder ninguna fiesta; siempre estoy inventando algo que hacer) para dónde nos invitan para allá vamos.

Seguimos camino hacia Cantagallo, empieza a oscurecer, me gusta ver el camino, los árboles, me gusta observar. Los pájaros regresan en bandadas, tan bulleras, hay brisa … Pero a medida que oscurecía, veía que seguíamos, seguíamos y seguíamos, ya no me estaba gustando la cosa, lo miraba, él se reía de mí, entramos a una carretera de tierra y dale por ese camino, levantando ese polvero, ni un carro, apenas una que otra casa alumbrada, vino un paso de río, luego otro y otro, empezó a lloviznar como para completar, a todas estas, el Negro iba con sus cuentos para hacernos olvidar que estábamos adentrándonos mucho, eso asustaba, él conocía el lugar, yo no.

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Empezó a hacer frío, oscureció más, me pongo el abrigo y abrigo  a la niña, se duerme. Seguíamos escuchando cuentos, todo era risas, compraron bebidas, llevaban refrescos y cosas para chuchear,  me estaba como arrepintiendo, pero bueno, ya estaba montada en el burro y había que arrearlo de la mejor manera, quien me manda a ser tan inventadora. Llegamos al fin, luego de varias horas de camino de tierra, de chistes, de llovizna, de oscuridad, de frío y que esa camioneta se bamboleara para todos lados, ya estábamos en Paso Pelao, una comunidad rural, el sitio donde llegamos se llama Don Alonso, que allí es dónde está la manga de coleo, había fiesta con arpa, cuatro y maracas, joropo trancao, carne en vara, comidas por doquier. Muchas parejas bailando en un palenque levantando polvo y  mucho barro en la manga porque había llovido. Como no me gustan los toros coleados, me quedé dentro de la camioneta, allí conversé con mi cuñada, pasamos un rato tranquilo, viendo, era un ambiente bastante familiar, los niños estaban dormidos.

A eso de las doce de la noche, ellos nos dicen para regresar, en ese momento comienza a llover de nuevo, recuerdo los pasos del agua y me preocupo, cuando llueve fuerte no se puede pasar, así mismo, voy pendiente de los que van atrás en la camioneta, menos mal siempre llevamos chaquetas. Adelante charlamos, el Negro  sabe que me asusta la noche, esa carretera, entonces comienza a echar cuentos, de vez en cuando volteo para ver cómo van ellos, están riéndose, la están pasando bien, sigo escuchando al loco que busca asustarme con sus cuentos de caminos, cada uno más feo que otro, le digo deja la vaina Negro que esto está muy oscuro y muy solo y no me gusta, parece cueva de lobo, el seguía con sus juegos, es muy recurrente, no había luna que nos alumbrara, apenas unas casas muy regaditas con unas luces muy tenues, amarillas, animales ruidosos en el monte, al parecer monos, nos quedaba largo rato para salir, contaba los pasos de agua, son tres, me decía, ya vamos, falta poco, seguimos bromeando y riéndonos, los niños ya despiertos, comiendo pan o algo que llevábamos, no recuerdo, volteo a ver cómo van los otros, cuando veo hacia adelante,  los faros alumbran a unas personas que vienen caminando por un lado de la carretera, no sé de dónde salieron y menos la  carroza fúnebre que venía con ellos , inmediatamente busco los ojos del Negro que no me dice nada, veo a mi cuñada y se encoge de hombros, aminora la marcha, ¿un entierro a esa hora de la noche? siento miedo, susto, veo mucha gente, rezando con velas prendidas en las manos, solo se escucha un murmullo de muchas voces: padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre … siguen rezando, tétrico, el frío se apodera de nosotros, de mí, que a todas estas caigo en cuenta que no puede haber un funeral a esa hora y menos por ese camino de Dios, el Negro en silencio, todos en silencio, callados, viéndonos las caras. Yo me preguntaba ¿Qué hace un funeral a estas horas, en este sitio dónde el diablo dejó las pantuflas? A todos, aunque no lo dijéramos ( se me eriza la piel de solo contarlo) se nos helaban los huesos, los niños señalaban a la gente y nos preguntaban ¿Qué es eso? no sé, están rezando, duérmanse, les decía,  el Negro tomó el control, ese tiene nervios de acero, otro se hubiese matado de la impresión,  pasó  por un lado del carro fúnebre, vimos la gente, sus velas, los vimos, no fue alucinación, TODOS vimos el funeral y escuchamos sus rezos,  iban rumbo a Paso Pelao de donde veníamos, llevábamos el alma en vilo, los pelos parados, ellos atrás en la camioneta como dice Tom, con el sudor en el fundillo, asustadísimos, porque al pasarnos la carroza desapareció, todo el conjunto fúnebre, la gente, las  velas … el entierro ya no estaba…

El Negro  en ese momento mete la velocidad, acelera, todos en un profundo silencio, ellos que venían tomados, pues se les pasó la algarabía y el efecto de la bebida, se sentaron calladitos, nosotros subimos los vidrios, el frío pudo más, solo queríamos llegar lo más pronto posible a San Juan, ver su luz, el pueblo… Yo callada y muy dentro de mí, me recé todas las oraciones que me sabía, y pedí que nos llevara con bien a casa, porque aquello solo parecía una advertencia, abrazada siempre a mi nena, cuando llegamos por fin, porque se nos hizo infinito, con ese corazón que se me iba a salir, nos bajamos todos y al unísono comenzamos a contar, luego después  a reírnos de nosotros mismos,  dicen los que saben que seguramente algo malo nos iba a suceder y que quizás estábamos vivos de milagro. No lo sé. En los Llanos suelen suceder cosas que no tienen ninguna explicación razonable.

Cuentan las malas lenguas y la mía que no es muy bendita que en esas noches oscuras salen ánimas benditas a rezar y a advertir a la gente que baja de esas fiestas para que tengan mucho cuidado. Por mi parte jamás regresé a Paso Pelao , pero esa historia la llevo en la Sangre. No me lo contaron, lo viví.

Rosa María Moreno.

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