Extranjero

 

Deseo compartir esta lectura, espero les guste tanto como a mí.

Extranjero

Él ya lo había hecho varias veces y en el mismo lugar. De eso podía estar seguro. Sin embargo, ese día, desde que llegó al bar y se sentó, cruzó las piernas, observó el mantel de naranja viejo con frutas, pasó su mano por él y un frío le detuvo la mano, se dio cuenta que ésa era la primera vez que estaba allí. Jamás podía haber olvidado aquel mantel, su textura aceitosa, el olor a playa desierta y arena revuelta, verde, una botella flotando y chocando una y otra vez contra la lancha, sobre la mesa había puesto el libro con la página marcada a lápiz, leyó el título y pensó que era un buen momento para comenzar a hacerlo. ¿Tiene cigarrillos? Una caja llegó a su mesa, la abrió y encendió uno, siempre quiso conocer ese lugar, y sin saber cómo ya estaba ahí sentado, escuchando el agua, sintiendo la sal del mar en el respaldo de la silla, en el mantel, en el cigarrillo, en el piso. ¿Tiene cigarrillo? El mesonero le apuntó con la boca la caja que estaba sobre la mesa. Pidió disculpas. Su mirada se quedó unos instantes sobre la mujer que se encontraba detrás de la caja registradora. Había empezado a detallarla, a descubrir lo hermosa que era. La escuchó decir gracias, café, cerveza, rápido. Y sin embargo esa voz parecía que hubiera dicho amo, sol, mar arena. En ese momento, supo porque desde hacía tiempo quería conocer ese lugar.

Se lamentó de no haber ido antes, de no poder levantarse y decirle a esa mujer lo hermosa que era. No era capaz a esa edad de hacer algo tan osado. Siguió viendo cómo ella se movía detrás de la barra, recibiendo el dinero, tomándose un vaso de agua que tenía al lado. Y ahí se dio cuenta del anillo en sus manos morenas, delicadas pero con huellas, con descuido, Había un anillo. No había nada que hacer. Pero no resistía seguirla observando, no se resistía a mirar con la nostalgia, de lo que no se puede, su cabello oscuro y desordenado. Se sintió triste, arrepentido de ser extraño a ese lugar, de no haber ido antes, todos los días, y tener él en su mano el otro anillo. Sin embargo, él alcanzó a observar que ella lo miraba distinto, continuamente, con cariño quizás, de vez en cuando ella volteaba y le sonreía dulcemente. Ya no sabía cuánto tiempo había pasado desde que se sentó en aquella mesa, ya no sabía qué hora era, que tan lejos estaba de su casa, incluso, ya no podía recordar dónde quedaba su casa.

El sol comenzó a bajar, poco a poco, hasta llegar a tocarle el rostro, hasta iluminar incómodamente su mesa, su vaso. Sin embargo, a pesar del interés de ella, él se había entristecido de nuevo. El atardecer lo confundió un poco, no sabía que hacer ahora. La volvió a mirar y ella ya no estaba a la vista , se había ido por un momento, quien sabe a dónde, seguramente a atender a un hijo, a un marido, a preparar una cena. Pudo imaginársela casi como si la estuviera viendo, como si conociera su cocina, el niño que seguro cargaba en ese momento.  ¿Tiene cigarrillos? Esta vez el mesonero lo miró con afecto, sonrió, le tocó el hombro y le alcanzó un cigarrillo de la caja que había sobre la mesa. Qué pena, volvió a decir. La sensación de ser ajeno a todo ello lo hacía sentir un extranjero, no de ese lugar, ni de su propio país, sino del mundo entero. Solo esperaba que ella volviera, que apareciera sola, sin niños, sin esposo, sin el cabello recogido. Mientras la esperaba supo que no se iría hasta verla de nuevo, pues ya no tenía a dónde ir, no sabía qué dirección tomar. Miró la botella que seguía chocando con la lancha amarrada al pequeño desembarcadero. Algo quiso recordar con esa imagen, algo de ese olor a mar corrompido, inundado por los desechos. Se perdió por un momento imaginándose en ese bote mar adentro, pescando con una red, estirándola, lanzándola como si fuera una piedra que debe chocar varias veces sobre la superficie. Ya de noche, con la angustia de no ver más a esa mujer se sintió derrotado, vencido, casi  desahuciado. Miró de nuevo al mostrador y ahí estaba ella, con sus ojos insistiendo en los suyos se estaba acercando. Sus manos empezaron a temblar seguro ya cerraría, le iba a decir que hasta luego señor, que ya es tarde, estamos cerrando. Al llegar a su mesa ella le acarició el cabello, él se sorprendió. Ya es tarde, vamos a dormir  – Dijo ella cariñosamente. Él – extrañado – se presenta, dice su nombre y le ofrece la mano. Ella se sonríe, le toma la mano y le dice: Soy yo, tu mujer. En ese terrible momento pudo recordar todo, recordar incluso que olvidaba. Le apretó fuerte la mano, sacó de su bolsillo unas pastillas y se fue a dormir.

Por: Martha Durán

Qué impertinente manera de volver.